HACIA UNA CONCEPCIÓN INTEGRAL DE LA PERSONA

  1. INTRODUCCIÓN.-

La razón por la cual iniciamos este capítulo con el título precedente, se explica entre otras consideraciones, porque generalmente lo que escribimos respecto del derecho se caracteriza por nuestro exceso de conceptualismo y por la omisión  a integrar al ámbito jurídico los conocimientos científicos obtenidos en otras disciplinas.

Considerando por ende que, superando dicha omisión, mediante la debida extrapolación y asimilación de estos conocimientos; que se mejorará sustancialmente el discurso jurídico.  

 Pero existe una razón  más poderosa que nos orienta a justificar la necesidad de dicha integración: siempre resulta de mayor utilidad captar la realidad tal cómo es, y no cómo creemos, o cómo quisiéramos que sea.

 Veamos los siguientes casos: El hecho de conocer gracias a la física que somos una organización compleja de átomos y que estos  al igual que el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, o el carbono de nuestro cerebro, tienen su origen en las estrellas (distantes miles de años luz en el espacio y en el tiempo) incrementa nuestra conciencia de la realidad circundante.

 El descubrir, con la astronomía, que nuestro planeta es uno más de los miles de millones de planetas en la galaxia denominada Vía Láctea  (y que ésta es a su vez una entre miles de millones de galaxias en el universo), multiplica el campo de lo existente.

 Saber, con la biología, que nuestros antepasados también eran los ancestros de los monos y que entre éstos y nosotros (a decir de la genética) los parecidos son más significativos de lo que pensábamos, nos vincula a éstos y, en general,  al resto de seres vivos.

 

  1. CIENCIA.-

Valorada así la importancia de la ciencia, la definiremos como el producto y el proceso de producir conocimientos racionales ciertos (o con gran posibilidad de serlo), intersubjetivamente comunicables y controlables, referidos a determinados aspectos de la realidad, obtenidos mediante procesos metodológicos,  susceptibles de ser comprobados, entendidos y comunicados socialmente.

 De la definición anterior se desprende claramente que los dos pilares sobre los que descansa todo conocimiento científico (y por ende toda ciencia) son la  intersubjetividad y la racionalidad.

 Asimismo, entendemos que la ciencia no es algo que se conoce sino que se hace y por ende no es un saber absoluto o perfecto de por sí, sino un proceso que genera conocimientos que se ven continuamente modificados a través de la eliminación sucesiva de nuestros errores y el consecuente mejoramiento de nuestra comprensión de la realidad.

La ciencia es simplemente el mejor modo (no el único, pues el conocimiento cotidiano también existe) de producir conocimientos sólidos y fiables que tenemos disponible.

 

  1. INTERSUBJETIVIDAD Y RACIONALIDAD.-

Desarrollemos ahora la importancia de la  intersubjetividad y la racionalidad  en la producción de los conocimientos científicos.

 3.1.   Intersubjetividad.- 

¿Qué significa la frase: “intersubjetivamente comunicable y controlable”?: Veamos: el conocimiento científico puede y debe ser comunicado, pero, ¿a quiénes?: A aquellas personas que se encuentran en condiciones externas apropiadas y que puedan decidir sobre la corrección o incorrección de dichas afirmaciones, o sea a los “especialistas”. Ejemplo: Cuando quiero averiguar sobre la antigüedad del planeta tierra, consultaré a un geólogo, no a un comerciante, o cuando deseo saber sobre la conformación de mi genoma en particular acudiré a un genetista y no a un carnicero.

Ahora entendemos que al ser los conocimientos científicos comunicados entre los especialistas, se dice que son intersubjetivamente comunicables.

 A su vez, estos especialistas se encargarán de formular las críticas  (tanto positivas como negativas) respectivas. Estas permiten que dichos conocimientos sean intersubjetivamente controlables es decir, que pasen por el correspondiente “control de calidad”.

 Dicho más concretamente, cada disciplina o ciencia posee sus propios “especialistas” (la biología tiene a sus biólogos, la astronomía a sus astrónomos, etc.) y es entre ellos que los conocimientos científicos de cada disciplina serán  “intersubjetivamente comunicables y controlables”, antes de ser comunicados al resto de la sociedad.

 Ejemplo: A partir de su descubrimiento en 1930, el planeta Plutón fue clasificado como un planeta por la Unión Astronómica Internacional (UAI). No obstante, basándose en descubrimientos posteriores, se abrió un debate con objeto de reconsiderar dicha decisión. Finalmente el 24 de agosto de 2006 en Praga la UAI adoptó el acuerdo de excluir a Plutón como planeta debido a su pequeño tamaño y otras razones técnicas que no vienen al caso describir aquí (es decir de 9 planetas nuevamente pasamos a 8, como antes de 1930). A su vez, la UAI, desarrolló un nuevo concepto, el de planeta enano (más pequeños que los planetas pero más grandes que los asteroides) en los cuales encajan además de Plutón, Ceres,  Makemake , Haumea y Eris.

 Según el ejemplo anterior vemos cómo una ciencia (la astronomía), a través de sus especialistas (los astrónomos) en forma intersubjetivamente comunicable y controlable, decidieron la modificación del orden cósmico de nuestro sistema solar a la luz de sus nuevos conocimientos y hallazgos, no sólo debatiendo la conveniencia o no de mantener a Plutón como un planeta más del sistema solar, sino además desarrollando otros conceptos y reestructurando su cuerpo de conocimientos, orientado a una mejor clasificación, y, por ende, mayor compresión del aspecto de la realidad (el universo) del  que se ocupan.

 Entonces, estamos en condiciones de comprender mejor el por qué entendemos a la intersubjetividad como la verificación o el control en cuanto a la legitimidad de una afirmación. Ésta verificación dependerá de criterios que sean firmes, en el sentido que  los hombres de ciencia -de la respectiva disciplina- estarán comúnmente de acuerdo sobre la aplicación de dichos criterios, o sea, acerca del valor (grado de probabilidad, plausibilidad) de los resultados obtenidos en función de tales criterios.

 3.2.   Racionalidad.- 

Pasando al tema de la racionalidad científica, esta  consiste en fundamentar conclusiones sobre unos razonamientos cuya legitimidad es intersubjetivamente controlable.

 Ahora bien, el razonamiento consiste a su vez en un encadenamiento de proposiciones (más o menos extenso y complejo) que se refieren a relaciones de principios a consecuencia.

 Nos explicamos siguiendo el mismo ejemplo anterior: Aquellos astrónomos que, basados en sus observaciones y conocimientos previos, sostenían la necesidad de eliminar a Plutón de la lista de planetas del sistema planetario solar, expresaron sus puntos de vista y conclusiones  de una manera racional; es decir, hilvanando sus proposiciones unas respecto de las otras, generándose así, un “discurso” coherente y lógico, susceptible de ser corroborado o comprobado por los demás astrónomos; de tal suerte que estos últimos al “aplicar el control de calidad” respectivo, llegaron a la conclusión de que esos nuevos conocimientos (que implicaban entre otras cosas dejar de considerar planeta a Plutón) eran verdaderos y por tanto susceptibles de incorporarse al cuerpo de conocimientos astronómico y por ende desechar el anterior conocimiento (esto es que Plutón sea el noveno planeta del sistema solar). 

 

  1. MÉTODO CIENTÍFICO.- 

No obstante, la intersubjetividad y la racionalidad científicas sólo serán posibles a través de la elaboración y aplicación del denominado método científico, a través del cual se busca la verdad (o finalidad perseguida por la disciplina científica).

Ahora, dicha finalidad o verdad buscada depende de una serie de condicionantes como la naturaleza del objeto de estudio, la adecuación que se supone debe existir entre el objeto estudiado y el pensamiento del investigador, entre otros.

 Esto se explica con una simple comparación: El tipo de verdad buscado en la física, es diferente al perseguido por la sociología, por ende los métodos, técnicas, cuerpo teórico, lenguaje, etc.; serán distintos para  los especialistas de ambas ciencias.

 Restringidamente, el método científico viene a ser un conjunto de procedimientos intelectuales (y eventualmente materiales) secuenciados de acuerdo a un sistema de reglas que, en un campo de conocimientos determinado, se aplican como medio para alcanzar cierta finalidad.

 Así, los resultados obtenidos mediante la aplicación del método se considerarán “conocimientos científicos” o no, en la medida que los especialistas de una comunidad científica específica desarrollen mínimamente los siguientes consensos: 1) Reconocen  la pertinencia de dicho(s) método(s) para ser aplicado(s) en los temas a ser investigados en la disciplina y 2) Coinciden también acerca del grado de verdad que corresponda reconocerle a esos resultados (intersubjetividad de una comunidad científica).

 Ejemplifiquemos: Imaginémonos que los mismos astrónomos hubiesen basado sus conclusiones obviando el método observacional (por lo demás indispensable para esta disciplina), ¿qué habría sucedido? Algo simple: sus conclusiones serían rechazadas de plano, por no haber empleado los métodos que se consideran indispensables para la producción de conocimientos en la astronomía.

 

  1. POSTURAS  JURÍDICAS TRADICIONALES SOBRE LA PERSONA HUMANA.- 

A estas alturas, quienes lean estas líneas se preguntarán ¿es necesaria esta explicación? Sí, por cuanto retomando la premisa inicial, observamos en el ámbito del derecho (sobre todo cuando abordamos los temas relacionados con la persona humana) afirmaciones como las siguientes: “La esencia del ser humano se encuentra –según sea la postura- en su racionalidad, en su libertad o en su dignidad”, o traducido en otros términos: “la persona humana es un ser trascendente esencialmente racional, libre o digno”. “El hombre es, de por sí, un ser trascendente superior y anterior al Estado, es por ello que sus derechos (sobre todos los fundamentales, denominados “humanos”) son inherentes a él”, etc.

 Preguntémonos, independientemente que estemos o no de acuerdo con ellas, ¿En qué basamos estas afirmaciones? o,  ¿existirá algún sustento científico que les sirva de soporte?

 Veamos lo que la ciencia nos dice sobre la vida en general y los seres humanos en particular y comprobaremos cuán certeras o no son las afirmaciones precedentes.

 

  1. ORIGEN DE LA VIDA: SURGIMIENTO DEL SER HUMANO.- 

En principio, hemos de reconocer que la vida sobre la faz de la tierra es un milagro, en la acepción más objetiva que posee dicho vocablo debido a que de un lado, es un fenómeno altamente improbable y de otro (como consecuencia de lo anterior), es por ende extraordinaria.

 Empecemos, la vida sobre la tierra se origina en unas bacterias que vivían hace 3 o 4 mil millones de años. Con el tiempo, la vida fue modificándose, haciéndose vertebrada hace unos 500 millones de años. Desde hace unos 140 millones de años aparecen los mamíferos y diferenciándose a partir de éstos, los primates hace unos 70 millones.

 Descendiendo en el tiempo, surgen los homínidos hace unos 10 a 5 millones de años. Es aquí donde se produce la separación entre nosotros y nuestros “primos” los simios de un antecesor común, razón por la cual no es correcta la expresión “venimos del mono”.

 A partir de allí, desde hace unos 4 millones de años emerge el australopitecus, y  hace 3 millones hace su aparición el homo habilis. El homo erectus hace su entrada entre 1 millón y 1 ½ millón. Quizás hace menos de 500.000 años surge el homo sapiens primitivo y de unos 30,000 años para adelante estamos nosotros, los homo sapiens sapiens. De 30,000 años a la fecha, los restos  fósiles no reportan ninguna variación genética,  es decir somos esencialmente los mismos.

 Según la zoología se clasifica al homo sapiens sapiens en el reino animal, tipo o phylum de los [cordados], clase de los mamíferos, orden de los primates,  suborden de los antropoides, superfamilia de hominoides, familia de los homínidos, género homo, especie homo sapiens.

 

  1. PROCESO EVOLUTIVO.- 

Ahora bien, contrariamente a lo que pensamos comúnmente, la evolución es un proceso sin propósito predeterminado. Los organismos vivos (dentro de los cuales nos encontramos los seres humanos) y sus características evolucionan por accidente, y una vez que han emergido se seleccionan acorde a sus ventajas adaptativas (dicho en forma simple, significa que aumentan la capacidad de supervivencia y reproducción del organismo) y permanecen porque proporcionan una ventaja adaptativa significativa.

Es posible que esta lógica nos disguste o desilusione, sin embargo eso no cambiará tal realidad, al igual por ejemplo que, las ideas que tengamos en favor o en contra  sobre la velocidad de la luz, tampoco afectarán el desempeño de ésta.

 Es por ello que resulta altamente conflictivo, por decir lo menos, el tratar de indagar acerca del propósito del por qué debemos existir como seres humanos.

 

  1. CARACTERÍSTICAS  DE LA EVOLUCIÓN HUMANA.- 

Sin embargo, nuestro surgimiento como seres humanos sí tiene sentido, ya que evolutivamente hablando el hecho de existir y mantener nuestras ventajas adaptativas es un beneficio; de lo contrario nos extinguiríamos de la faz de la tierra.

 ¿Cómo ha ocurrido esta  evolución? Es muy difícil de responder dicha interrogante, sin embargo   entendemos que  los aspectos fundamentales de ella fueron los siguientes: a) Posición erecta y locomoción bípeda (a partir de los homínidos), b) liberación de la mano a través del pulgar oponible (que permitió la fabricación de utensilios), c) aumento de la bóveda craneana del cerebro, d)organización superior del sistema nervioso (que permitió asociar, simbolizar e inventar), e) la modificación de la laringe (que facilitó el desarrollo del lenguaje articulado), f) la mayor dependencia de la cultura sobre el instinto y, g) el paso del empleo de señales a la utilización creativa de signos.

Todos estos datos nos  dan luces sobre las características humanas, como la conciencia, el lenguaje, el amor, el arte y la religiosidad. Es por ello que algunos prefieren emplear el vocablo hominización para hacer referencia al paso biológico del animal al ser humano y reservan el  término humanización, para el desarrollo propiamente cultural y no biológico. No obstante, resulta menester integrar ambas nociones a todo el proceso evolutivo que desemboca en el ser humano.

 La formación y el desarrollo de nuestro cerebro no depende únicamente de lo heredado genéticamente, sino de la calidad y repetición de experiencias que contribuyen a formarlos.

 Si el cerebro no recibe el estímulo necesario en momentos oportunos no se desarrolla suficientemente o queda atrofiado. Son los padres inicialmente y las interacciones sociales después, los encargados de mantener y avivar el circuito neuronal que regule las reacciones del niño y del futuro adulto respectivamente ante la tensión y estimulación proveniente del exterior.

 Lo decisivo no es el número de neuronas, sino el de las interconexiones entre estas que forman a su vez, redes. Esas redes neuronales no están prefiguradas genéticamente. Tampoco vienen impuestas desde afuera por influencia cultural, sino más bien la expresión final de la interacción de lo biológico y lo cultural. Por ende ni la genética ni el ambiente por sí solos, desarrollan al ser humano; sino por el contrario, la interacción de ambos aspectos es lo decisivo para tal desarrollo.

 Esto es cierto, pues desde una perspectiva neurobiológica, la especie humana está equipada con capacidades acumuladas para desplegar una diversidad de actividades mentales. Esta capacidad se ha ido configurando a través de la interacción de lo biológico y lo cultural, pues por medio de la repetición se han suscitado, entre otras las prácticas de: imaginar (sacar imágenes de la nada), crear con fantasía narraciones (sacar imágenes de formas preexistentes) contar esas narraciones o plantear hipótesis y elaborar conceptos.

 

  1. SER HUMANO Y PERSONA.- 

Ahora entendemos por qué somos la única especie viviente que no solamente ha modificado su entorno a lo largo de la historia, sino que además lo ha hecho vertiginosamente (de las cavernas, pasamos a los rascacielos, de las lanzas a la bombas atómicas y de enviar  señales de humo a los satélites de comunicaciones); mientras que las demás especies se han estancado, pues por ejemplo; las cucarachas son las mismas desde hace unos 300 millones de años, los tiburones no han variado desde hace 400 millones de años, y las ratas están en la tierra desde hace unos 3 millones de años.

 Como vemos, las ciencias nos han explicado la evolución de la vida humana desde la humilde bacteria de hace 3 o 4 mil millones de años a la fecha. Las interrogantes entonces se hacen más insistentes y complejas: ¿Qué nos hace verdaderamente humanos? o ¿estaremos en condiciones de encontrar la “condición constitutiva inicial o esencial” de los seres humanos, de tal suerte que al ser ésta identificada, nos permitiera concluir que ser el ser político, religioso, fabricar y usar herramientas, etcétera, son todas “consecuencias” resultante de ella?

 Comencemos a desentrañar el misterio. Todos los seres humanos compartimos algunos elementos constitutivos básicos (recordemos nuestra clasificación zoológica como homo sapiens), sin embargo, esto nos da pie a una gran variedad de realización. Cada quien desarrolla su particular forma de ser que nos distingue como individuos respecto de los demás. A esa forma particular de ser es a lo que denominamos persona.

 Nos explicamos: Existen casi 7 mil millones de seres humanos, pero un solo Perico de los Palotes, para mantener el anonimato de algún ser humano no conocido pero debidamente individualizado (al igual que todos y cada uno de los seres humanos que pueblan este planeta, para no hablar de personas conocidas mundialmente como Barack Obama o Michael Jackson).

 

  1. INCONVENIENTES DE LAS POSTURAS  TRADICIONALES SOBRE LA PERSONA HUMANA.- 

En ese contexto, la respuesta común a las interrogantes planteadas ha sido la de definirnos nosotros los seres humanos como animales racionales. Esta postura indirectamente se halla expresada en aquellos enunciados que dicen que lo que nos hace humanos o personas, es el hecho de poseer una conciencia, una mente, un espíritu, un alma, etcétera.

 La postura orientada a entender que somos  seres racionales, genera una grave consecuencia negativa: nos separa como  seres humanos, del conjunto del proceso evolutivo de la vida sobre la tierra.

 Así, al sostener que la mente constituye la condición constitutiva esencial para  considerarnos seres humanos, existen sólo dos explicaciones a esta respuesta. En primer término, la visión de entender a la mente como separada del cuerpo y por lo tanto, del proceso de evolución biológico. Desde este punto de vista el cuerpo sirve para asignarle a la mente un lugar determinado, llegando algunos a afirmar que su ubicación está en alguna parte del cerebro.

 La segunda interpretación, nos remite al argumento de la creación divina. Supone que Dios nos ha concedido esta propiedad especial. Puesto que aún no hemos sido capaces de demostrar cómo surge la mente en el contexto del proceso evolutivo, Dios pareciera una fuente razonable a la cual acudir.

  

  1. LENGUAJE: ELEMENTO CLAVE EN LA CONFIGURACIÓN DEL SER HUMANO.

Entonces, ¿Hacia dónde dirigirnos en busca de respuestas?. Si observamos las características del proceso hominización-humanización ya descritos, veremos que la capacidad de hablar es la característica humana más distintiva, y es bastante probable que esta sea el mecanismo primordial que permitiese el paso del homínido al hombre. En efecto, el lenguaje hizo posible  una estructura comunitaria y nos permitió convertirnos en organismos verdaderamente sociales.

 Se nos podrá refutar que el lenguaje se halla presente en otros organismos vivos como el perro, la jirafa y la rata por ejemplo. Se argumentará además  -con razón- que otros seres vivos forman organizaciones sociales jerarquizadas y hasta en algunos casos (como los chimpancés y los delfines por ejemplo) han logrado desarrollar ciertos niveles de racionalidad –comparable (salvando sus evidentes limitaciones) al de los seres humanos.

 Nótese sin embargo que hemos puesto énfasis en el lenguaje humano pues este es particularmente distinto de aquel desarrollado por los otros seres vivos, ¿Qué diferencia al habla humana del lenguaje animal?

 

  1. PRIMERA DIFERENCIA ENTRE EL  LENGUAJE HUMANO Y EL ANIMAL:  LENGUAJE Y SER HUMANO.

 Veamos las diferencias. En primer término, a diferencia del lenguaje animal que es instintivo, el lenguaje humano no puede ser explicado exclusivamente en términos biológicos, pues si bien cierto el lenguaje humano requiere de ciertas condiciones biológicas (como la laringe y paladar adecuados o el incremento de la capacidad craneal  y oídos desarrollados, por ejemplo) es a través de la interacción social con nuestros semejantes que desarrollamos nuestro lenguaje.

 Es fácil constatar lo  anterior cuando nos percatamos que en cada uno de nosotros coexisten ambos lenguajes. Así por ejemplo, el quejido y el grito de dolor, el gruñido de placer, etc. pertenecen a un lenguaje animal del cual nos servimos los humanos en tanto seres vivos. Paralelamente, desarrollamos nuestro propio lenguaje que sirve para relacionarnos como humanos. ¿Cómo se produjo esto?

 Planteamos el siguiente ejemplo: imaginémonos que por primera vez  el hombre primitivo sufrió los estragos del rayo. El estruendo, la destrucción y el fuego subsecuente, motivaron que nuestros antepasados, al igual que los demás animales huyeran despavoridos. Sin embargo, lenta  y progresivamente (a la par que los rayos se hacían más frecuentes y por ende conocidos) nos fuimos acercando al fuego, debido a nuestra curiosidad.

Al principio, alguien metió la mano al fuego y mediante un alarido de dolor y los quejidos subsecuentes, expresó en términos biológicos (lenguaje animal) las consecuencias negativas de tal acto. La cosa sin embargo no quedó allí, ese hombre primitivo (a través del lenguaje humano) comunicó a sus semejantes su infausta experiencia, Algunos captaron el mensaje, otros no; consistente en: “Si metes la mano allí (al fuego) te harás daño”. Pues bien, quedémonos con quienes captaron e hicieron caso. Obviamente evitaron lesionarse innecesariamente en situaciones semejantes.

 En otra ocasión, ante el mismo fuego, otro antepasado se acercó lo suficiente como para tener conciencia de dos experiencias bastante significativas: Una, que si se acercaba a una distancia prudencial podría muy bien abrigarse del inclemente frío y la otra; si se colocaba un pedazo de carne u otros alimentos al fuego por un tiempo determinado, los alimentos se hacían más digeribles y apetitosos.

 Nuevamente, ambos mensajes se transmitieron y se reprodujeron, pero no solo eso, sino que; gracias a la posibilidad de multiplicar sus significados, el lenguaje humano posibilitó que  otros, desarrollaran mejores y más eficientes maneras de servirse del fuego para abrigarse y alimentarse, información que a su vez volvió a reproducirse y modificarse sucesivamente, hasta llegar a situaciones donde nuestros antepasados, inventaron y comunicaron, formas de producir artificialmente el fuego y transportarlo cuando y donde quisiéramos.

 

  1. SEGUNDA DIFERENCIA ENTRE EL  LENGUAJE HUMANO Y EL ANIMAL: LENGUAJE Y PENSAMIENTO.

 Regresemos con las diferencias. La segunda diferencia esencial entre los  lenguajes animal y humano, radica en el lenguaje animal el número de señales distintas es limitado, mientras que en el lenguaje humano el número de señales posibles es prácticamente infinito. Esta capacidad se hace más sorprendente pues somos capaces de emitir y comprender mensajes que nunca antes hemos escuchado.

El lenguaje permite la creación incesante de nuevos mensajes que pueden ser comprendidos y transmitidos. Podemos formar con viejas palabras nuevas proposiciones.

 Esta segunda diferencia se explica claramente con el ejemplo precedente del fuego, pues observamos cómo gracias a nuestro particular lenguaje, hemos podido sacar provecho de este, duplicándolo, encontrando o inventándole usos. En cambio los animales, con su limitado lenguaje siguen respondiendo de la misma forma: Huyendo cada vez que cae un rayo como  lo vienen haciendo desde hace tiempos inmemoriales.

 Ahora ¿cuál es la vinculación entre  el lenguaje humano y nuestro pensamiento? Tradicionalmente hemos creído que el lenguaje es una mera expresión de la mente. Es decir: “Pienso, luego hablo”. En realidad no es así. Lo que pasa es que ambos fenómenos se dan simultánea e indesligablemente, o sea: “Pienso y hablo al mismo tiempo”.

 Veamos sino la siguiente evidencia: Si yo digo “Carlos llegará temprano”, esta proposición no solo, expresa sino, que contiene además lo que pienso. No es que yo tenga en la cabeza la imagen de Carlos superpuesta a la de un reloj y que a esa imagen se unan tales palabras como su traducción exterior.

Que yo tenga o no esa imagen, es irrelevante para el sentido de mis palabras, como es irrelevante también que yo exprese o no interiormente tal enunciado. En cualquier caso, lo que yo pienso es que “Carlos llegará temprano”, dicha proposición contendrá mi pensamiento.

 En suma: “Entender el significado de una palabra es conocer. El significado comprendido de una palabra es conocimiento” o dicho en otros términos: “Comprender una palabra es saber que significa, y saber qué significa es saber emplearla”.

 Ello explica por qué se considera que el pensar no es un  proceso psíquico paralelo al físico de hablar, sino que el lenguaje contiene el pensamiento. La estructura lógica del lenguaje no es una evidencia del pensar, sino el pensar mismo.

 

  1. EL SER HUMANO ES UN SER LINGÜÍSTICO.

He aquí la respuesta a nuestra interrogante: Aquello que nos constituye como seres humanos, lo que hace que seamos el tipo de seres que somos, es nuestro lenguaje con sus particulares características. Por ello consideramos que los seres humanos somos seres lingüísticos, seres que vivimos y nos desarrollamos en el lenguaje gestor y cohesionador de las interacciones sociales.

 Lo antes  expresado nos posibilita también explicar la aparición de los fenómenos mentales tales como, la conciencia, el espíritu y la razón, que  ahora pueden ser explicados objetivamente y en forma unitaria. En efecto, ya no es necesaria la separación cuerpo – alma (espíritu, razón o conciencia), y nosotros no nos vemos necesariamente obligados a indagar por fundamentaciones trascendentales, que busquen explicarnos el por qué de nuestra capacidad para desarrollar experiencias espirituales.

 Tradicionalmente hemos dado por sentado que en nuestra calidad de  personas, tenemos determinadas propiedades fijas. Somos de una u otra manera y de acuerdo a cómo “somos” actuamos a lo largo de nuestra existencia porque suponemos también que cada uno tiene una mente, espíritu o alma, debidamente individualizada, la misma que define nuestra forma de ser, o “como somos”.

 Y ya que sabemos cómo somos, sabemos qué podemos esperar de ellos en términos de su conducta. Estas caracterizaciones parecen decirnos cómo actuarán ellos.

 Así, al decir: “Carlos es arrogante”, “yo soy desordenado”, “Luis es trabajador”, “Yo soy tímido”, “Camila es mentirosa” o “Marcos es malgeniado”; estamos emitiendo juicios sobre nosotros y los demás. 

 Estos juicios se basan en comportamientos que hemos realizado personalmente u observado a los demás. No obstante, pese a que sabemos que toda acción siempre tiene lugar en coordenadas de tiempo y lugar determinados, al emitirlas estamos concluyendo que nuestras caracterizaciones y las de los demás son expresiones del ser permanente de nosotros como individuos.

 Es decir, a partir de las adscripciones realizadas en instancias particulares procedemos a generalizar, en los demás y en nosotros mismos como vimos, determinadas propiedades.

 Así, la persona es una explicación fundamentada en las acciones realizadas por esta. Por esto se sostiene que las personas  somos un principio explicativo, o sea; un principio que otorga coherencia a las acciones que realizamos.

 Por tanto, la persona es una historia sobre quiénes somos  basada en las acciones que ejecutamos.

 Ahora bien, sin negarnos a reconocer que actuamos de acuerdo a cómo somos, es cierto además que somos de acuerdo a cómo actuamos.

 

  1. PERSONA HUMANA COMO UNIDAD DE EXPERIENCIA.

Lo anterior es cierto por cuanto, gracias a la plasticidad de nuestro lenguaje, las personas nos sentimos como una unidad de experiencia (continuidad en el tiempo interconectando experiencias, como flujo incesante de acciones y acontecimientos interdependientes) que nos permiten no solamente recordar el pasado, sino además vivir el presente y proyectarnos al futuro. Esto nos permite reflexionar sobre los actos que realizamos y sobre las posibles acciones que podamos realizar en el futuro. Si a esto agregamos el hecho de reconocer nuestra continuidad biológica, tenemos base suficiente para distinguirnos de otros seres vivos.

 En suma, las caracterizaciones personales se producen a partir de las acciones que ejecutamos, con el fin de anticipar la forma en que podríamos actuar en el futuro. Las acciones no expresan solo una manifestación de nuestra forma de ser, sino también la forma en que este se configura en un proceso de transformación permanente.

 Dicho más claro, no solamente estructuramos una historia de nuestra persona que da coherencia a los actos que realizamos, sino que además los actos que realizamos son también coherentes con la historia que tenemos sobre nuestra persona. No se trata por ende de cualquier historia sin importancia basada en simples imputaciones; sino de todo lo contrario: De un conjunto de juicios o afirmaciones lo suficientemente trascedentes como para generar una historia significativa (y no trivial) de la persona que somos. Tan importante que tiene poderes generativos de obligarnos, si cabe a comportarnos, de acuerdo a ella.

 

  1. CONSTRUCCIÓN LINGÜÍSTICA DEL SER HUMANO.

Expliquémonos: En el presente, Juan Pérez es caracterizado por sus familiares, amigos compañeros de trabajo, conocidos y demás; como una persona educada, trabajadora, honrada, desordenada  y de poca paciencia (como vemos, se trata de afirmaciones que corresponden a acciones previas desarrolladas por Juan Pérez en el pasado).

 Estas afirmaciones y otras complementarias, generan en forma conjunta una historia de Juan Pérez que permite desarrollarnos la impresión (engañosa por cierto) que estas afirmaciones son la caracterización de cómo es en verdad (en esencia) Juan Pérez. A esto denominamos principio explicativo, o sea un proceso que se da del pasado al presente.

 Es decir, Juan Pérez es una persona (en realidad un conjunto de acciones que en tanto ser vivo, desarrolló coherentemente en forma de historia, de las cuáles los demás han dado debida y oportuna cuenta).

 Ahora bien, esa historia posee tal fuerza y coherencia que Juan Pérez (como cualquier otro, por lo general), se comporta a partir del presente para adelante, conforme al mismo libreto, es decir (persona educada, trabajadora, honrada, desordenada  y de poca paciencia). A esto denominamos principio de coherencia o proceso que se da del presente al futuro.

 Esta continuidad discursiva a lo largo del tiempo, permite que gracias a esta exclusiva característica del lenguaje desarrollemos nuestra subjetividad basada en el denominado “yo”; el cual a su vez se  explica en tanto el ser humano Juan Pérez se configura progresivamente como persona, al articular sus acciones pasadas, presentes y futuras en una historia coherente y significativa.

A dicha coherencia significativa de carácter subjetivo, le denominamos “yo”.

 Por ello, definimos a la persona como un principio activo explicativo y de coherencia, orientado a dar conexión y congruencia a las acciones que realizamos.

 17.  CONSECUENCIAS DE LA CONCEPCIÓN LINGÜÍSTICA DE LA PERSONA EN EL ÁMBITO DEL DERECHO.

17.1.                   Los seres humanos no tenemos esencia inmutable.

Esta concepción tiene consecuencias bastante significativas. Una de ellas nos refiere que los seres humanos no tenemos esencia fija ni inmutable. Podemos cambiar y de hecho, en determinadas circunstancias cambiamos. Si no veamos, Juan Pérez podría por ejemplo, modificar su historia y cambiar las afirmaciones: “desordenado” e “impaciente”, por “ordenado” y “paciente”. En cuyo caso, del presente al futuro, habrá una ruptura, debido a que sus comportamientos de “desordenado” e “impaciente” (desarrollados en el pasado) entran en colisión con sus nuevos comportamientos de “ordenado” y “paciente” que ejecuta actualmente y que ejecutará en el futuro.  Adicionalmente, la colisión no solamente se dará a nivel de comportamientos, sino a nivel de afirmaciones. En efecto, a los demás (así como a Juan Pérez  le cuesta cambiar sus hábitos y comportamientos) también les costará cambiar la opinión que de él han tenido hace tiempo.

 Digámoslo claramente. Hasta ahora la  única esencia objetiva en el ser humano es su base biológica, es decir la información genética sobre nuestras potencialidades o predisposiciones (que aparecerán y se desarrollarán o no, dependiendo de las interacciones con su entorno) las mismas que se encuentran detalladas y secuenciadas en unos 25,000 a 30,000 genes; información que a su vez se halla comprimida en nuestros 46 cromosomas.

 Ahora bien, si ésta base genética es susceptible de cambiar (como de hecho ya cambió anteriormente debido al proceso evolutivo),entonces debemos decir adiós a toda postura anticientífica que, sin base probatoria alguna validada por alguna ciencia, pretenda sostener lo contrario.

 En consecuencia, contrariamente a los hermosos discursos jurídicos a los cuáles estamos acostumbrados, el mapeo del genoma humano no ha arrojado la existencia de los genes de la libertad, la racionalidad ni la dignidad. Como es fácil observar, estos son términos desarrollados culturalmente a través del lenguaje (destinados principalmente a justificar “algo”, antes que a dar cuenta científica de la realidad de ese “algo”); es más, el mismo derecho, es un tipo de lenguaje humano que posee sus propias características.

 ¿Qué pasó entonces?, ¿por qué el discurso jurídico, da tan poca o ninguna cuenta de los datos científicos que en tan apretada síntesis hemos ofrecido?, ¿por qué estos no se integran al discurso jurídico a fin de elevar su nivel cientificidad? Las respuestas exceden la naturaleza y fines de estas líneas, no obstante queremos simplemente esbozar tentativamente la que a nuestro entender se configura como la consecuencia más resultante de lo expresado en este apartado.

 

17.2.                   El derecho no es ciencia.

En principio, el derecho (al que algunos les dan el estatus de “ciencia”), en realidad carece de requisitos para ser calificado como tal. Nos explicamos: Teniendo en cuenta las características de intersubjetividad y racionalidad que posee toda ciencia, hemos de reconocer que nuestra “disciplina” (como consecuencia de lo anteriormente expresado) nunca aspirará a ser una ciencia bien estructurada y cimentada (denominada ciencia dura) como lo son la astronomía, la física, la biología o la química.

 No obstante, también estamos alejados de las denominadas ciencias sociales como la sociología, la economía o la antropología (ciencias blandas) donde la especial complejidad del objeto de estudio, sus niveles de racionalidad e intersubjetividad son más permisivos.

 

Sin embargo, pretendemos ser una disciplina “científica”, cuando para comenzar, no tenemos bien claro cuál es el objeto de estudio de la supuesta “ciencia” del derecho. Algunos responderán que el objeto de estudio es la norma, el hecho y el valor (concepción tridimensional del derecho, con la cual pretendemos evitar los excesos tanto de las posturas jusnaturalistas (derecho como valor), como de los positivistas (derecho como norma) y sociologista (derecho como hecho social). Empero, si lo vemos detenidamente,  el hecho de dividir al derecho como una torta en tres pedazos; no abona en nada a una mejor comprensión del objeto de estudio de nuestra disciplina.

 Ello ocurre porque dicho enunciado (tridimensional) deviene en meramente declarativo pues no hemos determinado, previamente (conforme lo explicáramos) una serie de condiciones previas, como: ¿Quiénes son los especialistas del derecho, o a quienes estamos dispuestos a concederles tal categoría?. No tenemos al respecto, una respuesta suficientemente convincente. Seguimos: ¿Hemos logrado desarrollar un lenguaje lo mínimamente claro y riguroso que sea de común dominio entre los operadores del derecho?. Evidentemente no, basta con dar cuenta que solamente respecto del término “derecho”, existen multiplicidad de significados, por no hablar de otros términos cuyo significado no solo varía entre autores nacionales, sino también a nivel de la doctrina extranjera (verbigracia, las definiciones de acto jurídico y negocio jurídico).

 Continuamos: ¿Cuál es o cuáles son los métodos propios de la “ciencias jurídicas”, o como mínimo; aquellos extrapolados (y validados en cuanto su pertinencias) de otras disciplinas más, adecuados para ser empleadas en nuestra hipotética ciencia del derecho?. Por más que fatiguemos libros sobre metodología de la investigación en el derecho; básicamente nos encontraremos como generalidades o con descripciones y ejemplificaciones de métodos  de las ciencias sociales, de nula o escasa aplicación práctica al ámbito jurídico.

 Hay más: Aún en el supuesto que escojamos la norma como el objeto del derecho (al fin y al cabo, el aspecto más objetivo del que disponemos, dentro de lo que entendemos como objeto de estudio de nuestra disciplina) ¿cómo podríamos sustentar una “ciencia” que aplicando la misma norma al mismo hecho, un juez condene y otro absuelva?

 Lo anterior resulta particularmente cierto en el paradigmático proceso de Nuremberg (en su contexto del año 1945), pues un juez positivista hubiese  absuelto a los criminales de guerra, aplicando el principio de “no hay pena sin ley”, pues los hechos por los cuales se les juzgó a los procesados no se hallaban positivizados en las normas  en ese entonces. Es por ello que aún hoy, se sigue discutiendo en los ámbitos forenses la legitimidad de dicho tribunal para juzgar y condenar.

Por el contrario, un juez jusnaturalista, sin duda los hubiese condenado (como se hizo en realidad), apelando fundamentalmente  al derecho natural, en el entendido que existe un orden trascendente, respecto del cual toda  norma que se considere violatoria de dicho orden, no debe ser considerada valida.

 Frente a estas consideraciones, entendemos que los intentos adicionales  de legitimar al derecho como ciencia, apelando justamente a la complejidad de su objeto de estudio o de otra parte, pretendiendo darle tal carácter solo por el hecho que a sus proposiciones se les pueda formalizar empleando la lógica (de allí nace la denominada lógica jurídica), no se hallan debidamente justificados, pues en  todo caso asumiendo -como hasta ahora se hace- que el derecho es ciencia, los problemas de falta de control de intersubjetividad y de racionalidad ( porque, el discurso jurídico no es racional, sino razonable, o sea posee una racionalidad baja, pero no lo suficientemente baja para llegar al extremo de considerar al discurso jurídico como irracional), son los suficientemente complicados como para pretender solucionarlos con el nivel de los conocimientos adquiridos hasta la fecha.

En suma, nuestra postura sobre el particular regresa a lo expresado al inicio de nuestra introducción y que enunciaremos más claramente  en los siguientes términos: “Ya que el derecho aún no se consolida como ciencia, consideramos que la única vía de superar dicho estancamiento consiste en integrar mediante el aprendizaje y   la aplicación debidamente extrapolada de los conceptos, teorías, métodos y técnicas de las diversas ciencias al ámbito jurídico.

Todo  con el fin de elevar progresivamente el nivel de racionalidad de los futuros conocimientos  forenses obtenidos en consecuencia.

De esta manera, en el futuro, se evidenciará una mejora progresiva (hacia niveles mínimos o aceptables de cientificidad) del  discurso jurídico”.

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